jueves, 1 de enero de 2026

Poeta 2026

 Hola, hola. Si estás ahí es que sos de les míes: les que huimos de las "redes sociales" autodefinidas redes y autodefinidas sociales pero que ni forman red, ni sociabilizan, ni dan sociedad, ni dan sustento, llenas de agujeros y nudos repetidos, llenas de compras y ventas, de cosas que desaparecen a las 24 hs y son lo más ahora y no existen mañana.

Ser poeta que bloguea es para mí la maravilla. No tan secreta como en papel y cuadernos en cajones, no tan pública como gediendo a les amigues y noamigues en el caralibro patético, no tan decidida a la posteridad como en libro con sello editorial independiente.

Este 2026 quiere ser más novelista que poeta, pero es porque poeta ya no hay discusión de que una lo es. Y novelista todavía hay que hacer fuerza. Pensá en mí, queride bloguer, durante enero que tengo cositas concursando.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Estoy escribiendo nuevo libro de poesía de ciencia-ficción

 Obsolescencia de las máquinas de cortar el cesped


Paula Irupé Salmoiraghi



Ya no cortamos el pasto.

Pertenecen al museo las máquinas

podadoras: las manuales que giraban como trompos de cuchillas,

las eléctricas con alargues que se enredaban,

las a nafta porque ya no más combustibles fósiles,

las que aullaban

mientras dejaban tras de sí la prolijidad

de los suelos pelados.


Hemos aprendido a valorar la caricia

del yuyo que crece a su aire,

que roza nuestras rodillas, nuestros tobillos, quiźas

hasta los muslos, con suerte

acunadores de pasos y siestas verdes.

Festejamos la zarza y la menta,

la carne gorda que florece, el trébol

de tres o cuatro hojas, las abejeras,

las mariposeras, las campanitas blancas

que se descubren una mañana y al otro día

se han transformado en otra cosa,

las rocío, las lágrimas de San Lucía,

los malvones alocados, las enredaderas

de trompetas violetas que antes

solo dejábamos cubrir los alambrados del tren.


Hay unas hermosas cubresuelo que dan

frutillas rojas y amarillas que comen

los cascarudos, los mamboretás, dejamos

que el agua se encharque y nos destruya

las horribles ruinas de cemento y asfalto,

somos: les rebrotades, les felices verdes.


Ahora sabemos no mutilar ni dirigir.


Lo salvaje es hermoso porque crece 

porque sí y donde quiere.


Ya no “tenemos” jardines: la pradera

y el humedal nos dejan habitarles.

Somos mariposa y colibrí,

somos zorzal que busca lombrices

debajo del compost, de la higuerilla,

del palam palam y la mburucuyá, venteveo

que lleva y trae semillas y agua, paloma

que aletea como gallina pero no cacarea.


lunes, 6 de octubre de 2025

Dos poemas nuevos-viejos para Teresita Ibáñez

Otro libro



Anoche soñé que mi mamá me decía: 

"¿Vos estás por sacar otro libro?"

 Usaba el mismo tono de reproche,

forma sintáctica amenazadora con que, 

hace 25 años, me dijo: 

"¿Vos estás embarazada otra vez?" 


No me mirarme la panza en esta ocasión, 

pero aclaraba: 

"Me enteré por las redes sociales". 


Y yo, 

como disculpas, 

le decía: 

"Sí, te lo iba a mostrar cuando estuviera listo."


En el sueño no se sabía 

si ella estaba viva para estas fechas 

o si hay redes sociales donde les muertes 

participan activamente.




La explicación realista



Anoche soñé que estaba en mi casa 

(una casa mía que no era ésta) 

y entraba una nube de humo 

espeso, gris, gordo, 

que desplazaba y carcomía 

todo a su paso. 


Mis hijos e hija corrían 

y salíamos de la habitación en la que estábamos 

(la mía). 


Yo pensaba en salvar mis libros, 

lloraba porque no podía 

llevármelos para que el pegote ése 

no los deshiciera, 

pensaba 

en salvar mis ediciones del Quijote y de

El señor de los anillos. 

No podía, 

salía 

y cerraba la puerta detrás de mí.


Con el cuco encerrado, 

llamaba a mi hermana. 

Mi hermana le avisaba a mi mamá 

que yo estaba en problemas y mi vieja, 

que estaba normalmente viva y normalmente 

dispuesta a ayudar con algo de crítica destructiva, 

venía y, con mucha decisión operativa, 

abría la puerta de mi pieza 

Para ver qué había pasado.


Yo pensaba si iba a creer 

en la explicación fantástica 

(hay un monstruo en mi pieza) 

y cuando entráramos 

todo sería una masacre, 

o en la explicación racional 

(algo estaba roto y se arreglaría). 

Tenía en la cabeza 

la teoría de los dos finales posibles 

del cuento fantástico. Mi vieja, no. 


Entonces veía

que mis libros estaban todos ahí, 

intactos, 

rodeados de un poco de humito.


En escena aparte, 

el electricista me decía, 

delante de la mirada reprobatoria de mi vieja 

y de una amiga nueva 

que hice la semana pasada en el gym, 

que no tengo que poner tantos enchufes 

en el mismo toma corriente, 

que tengo que limpiar más seguido 

porque la mugre había producido 

un cortocirtuito. 


Mi amiga nueva me decía 

que tengo que trabajar menos, 

trabajar menos, 

trabajar menos... 

Y yo me preguntaba cómo, cómo, cómo... 


Poesía y ciencia-ficción en Biblioteca popular Ansible, Café Artigas
























 

Orgullo torta y poesía